
Para empezar a escribir tus memorias no hace falta un plan ni buena letra. Hace falta una primera página que no dé miedo. La que funciona casi siempre no es «nací en», sino la casa donde creciste: quién dormía en cada habitación, cómo sonaba la calle por la mañana, qué había en la cocina. Desde ahí, el resto viene solo.
Por qué cuesta tanto la primera línea
Una vida no tiene un principio claro. El nacimiento lo tiene, pero de tu nacimiento no te acuerdas: lo que sabes te lo contaron, y contado por otros suena a ficha. Por eso tanta gente abre el cuaderno, escribe «Nací en Villanueva de la Serena el 4 de marzo de 1951», se queda mirando la frase y cierra el cuaderno.
El segundo problema es que todo parece importante, o nada lo parece. Sesenta o setenta años de vida en la cabeza a la vez no se pueden ordenar. Hay que entrar por una puerta pequeña.
Y el tercero es una idea equivocada: que escribir memorias es escribir bien. No. Es dejar contado lo que solo tú sabes. Si además queda bonito, mejor, pero eso viene después y lo puede arreglar cualquiera. Lo que nadie puede arreglar es lo que no se contó.
Paso 1: empieza por la casa, no por el nacimiento
Cierra los ojos y entra en la casa donde creciste. Por la puerta de la calle. ¿Qué hay a la derecha? ¿Dónde estaba la cocina, y qué se cocinaba en ella un día normal? ¿Quién dormía en cada cama, y quién no tenía cama propia? ¿Había corral, patio, escalera de vecinos? ¿Qué se oía por la mañana: gallos, el carro del lechero, la radio de la vecina, el tranvía?
Escribe eso. Sin orden, sin fecha, sin párrafos bonitos. Una casa entera cabe en dos o tres páginas y, cuando termines, habrán aparecido sin querer tus padres, tus hermanos, algún tío que vivía con vosotros, el vecino que entraba sin llamar. Es decir: los personajes del libro. Ya tienes el principio, y no era el nacimiento.
Si te criaste en varias casas (el pueblo y después el piso de la ciudad, o la casa de los abuelos en verano), elige la que tenga más olor. Las otras vendrán a su tiempo.
Paso 2: usa los doce capítulos como mapa
No hace falta que inventes la estructura. Una vida, casi cualquiera, se puede contar en doce capítulos, y sirven de mapa para no perderse:
- De dónde vienes: tus padres, tus abuelos, el pueblo o el barrio.
- La infancia: la casa, los juegos, los hermanos.
- La escuela: el maestro, los compañeros, lo que aprendiste y lo que no.
- La juventud: el primer trabajo, la primera vez que saliste de casa, la mili si la hiciste.
- El amor: cómo os conocisteis, de verdad.
- El trabajo: el oficio, en qué eras bueno, un día que salió mal.
- La boda: lo que no sale en las fotos.
- Los hijos: cómo era ser madre o padre joven, sin manual.
- Tu época: dónde estabas los días que todo el mundo recuerda, cuánto costaban las cosas.
- Lo que te gustaba hacer: un sábado libre, con quién.
- Las pérdidas: en quién piensas todavía.
- Los nietos y el presente: lo que sabes hoy y te habría gustado saber a los veinte.
No tienes que ir en orden. Si hoy te apetece escribir sobre el taller donde entraste de aprendiz a los catorce, escribe el capítulo seis. Si un capítulo no encaja con tu vida (no todo el mundo se casó, no todo el mundo tuvo hijos), se salta y no pasa nada. Y si en tu vida hay un capítulo que no está en la lista (los años en Alemania, el bar que llevaste veinte años, el barco), le pones número y ya son trece.
En la guía de las 12 preguntas tienes una pregunta de arranque para cada uno de estos capítulos. Es gratis y se puede imprimir.
Paso 3: la escena, no el balance
Es la regla más importante de todas, y la que menos gente sigue. Compara:
«Mi padre era un hombre serio y trabajador. Trabajó toda su vida en el campo y nos sacó adelante a los cinco.»
Con:
«Mi padre se levantaba a las cinco. Yo le oía desde la cama trastear con el brasero y después el ruido de la mula en la cuadra. Cuando volvía, a la hora de comer, se lavaba en el barreño del corral y no hablaba hasta que no se había secado las manos. Una vez, en la vendimia del 62, me llevó con él por primera vez y me dejó llevar las riendas.»
El primer texto lo podría haber escrito cualquiera sobre cualquier padre. El segundo solo lo puedes escribir tú. La diferencia no es la calidad de la prosa: es que el segundo cuenta una escena, con una hora, un sitio, un ruido y un día concreto, y el primero cuenta un balance.
Cada vez que te salga una frase con «siempre», «toda la vida» o «era muy», párate y pregúntate: ¿un día concreto? ¿Cuál? Escribe ese día.
Paso 4: apunta los nombres
En cada escena aparece gente: el maestro, la amiga del barrio, el primer jefe, el compañero de la mili, la vecina que te cuidó los meses en que tu madre se fue a servir a la capital. Escribe siempre el nombre completo, si lo sabes, y una línea sobre qué fue de esa persona.
Es lo que convierte tus memorias en las de tu familia y no en las de una familia cualquiera. Y es lo primero que van a buscar tus nietos dentro de treinta años: «¿quién era este Paco de la Renfe?». Si está el nombre, hay respuesta.
Un truco: al terminar cada sesión, apunta en la última página del cuaderno los nombres nuevos que han salido, con su parentesco o su relación contigo. Al final tendrás, sin haberlo buscado, el árbol de tu familia y de tu barrio.
Paso 5: media hora al día, y no releas
Media hora. A la misma hora, si puedes: después del desayuno, o cuando la casa se queda en silencio. No dos horas el domingo, porque el domingo se cruza siempre algo, y en un mes de medias horas hay más escrito de lo que parece.
Y una norma que cuesta cumplir: no releas lo del día anterior antes de escribir. Si relees, corriges; si corriges, no avanzas; y se acaba el mes con la misma página doce muy bien escrita. Primero se termina, luego se arregla.
Los errores que casi todo el mundo comete
Empezar por el principio
Ya lo hemos dicho: el nacimiento es lo único que no recuerdas. Empieza por lo que tenga olor.
Escribir para quedar bien
Las memorias que se escriben para la familia tienden a salir edulcoradas: todos buenos, todo bien. Y no era así, y todo el mundo lo sabe. No hace falta ajustar cuentas con nadie, pero sí contar el día en que te equivocaste, el año malo, la vez que no supiste qué hacer. Es lo que hace que quien te lea te reconozca.
Contar solo lo que ya saben todos
Las tres o cuatro anécdotas que cuentas en cada comida familiar ya las conocen. Escríbelas, sí, pero no te quedes ahí. Lo valioso está en lo que nadie te ha preguntado nunca: la primera vez que te sentiste mayor, lo que hiciste con el primer sueldo, qué te dijo tu madre el día de tu boda.
Esperar a tener tiempo
El tiempo no llega. Se hace, media hora cada día.
Querer fechas exactas
No las tienes, y no importa. «El verano en que pusieron el agua corriente» es mejor que «en 1964» si no estás seguro. Las fechas las puede comprobar luego un hijo con dos papeles; el verano solo lo tienes tú.
Si escribir no es lo tuyo: cuéntalo
Hay gente que cuenta las cosas mejor que nadie en la mesa y se bloquea delante de un papel. No es raro, y no es un defecto: escribir y contar son dos oficios distintos. Si es tu caso, todo lo de arriba sigue valiendo, solo cambia la herramienta: en vez de escribir la escena de la casa, la cuentas en voz alta y la grabas, o dejas que alguien te la pregunte. Lo explicamos paso a paso en Contar tu vida sin saber escribir.
Hablando sale más: en una hora de conversación se dicen unas 3.100 palabras, muchas más de las que la mayoría escribe en una tarde. Y una vida entera cabe en unas seis horas de teléfono.
¿Tengo que empezar por la infancia?
No. Empieza por el capítulo que más ganas te dé, que suele ser el que más recuerdos tiene. El orden se pone al final, cuando ya está todo escrito. Lo único que recomendamos es que el primer día escribas sobre la casa, porque es una puerta que se abre sola.
¿Cuánto tienen que ocupar mis memorias?
Lo que tengan que ocupar. Un libro de memorias suele tener entre 120 y 200 páginas, pero eso es una consecuencia, no un objetivo. Lo explicamos en Cuántas páginas tiene un libro de memorias.
¿Y si no me acuerdo de las fechas?
Escribe lo que sí recuerdas: la estación del año, la edad que tenías, qué coche había en casa, quién mandaba en el país. Con dos o tres de esos datos, alguien de la familia puede situar el año después. No dejes de escribir una escena por no saber la fecha.
¿Tengo que contarlo todo?
No. Son tus memorias y las puertas las abres tú. Hay capítulos que se saltan y cosas que se cuentan a medias, y está bien. Lo que sí conviene es no quedarse solo con la versión que queda bien.
Si prefieres que lo haga Carmen
Todo lo de arriba es lo que hace Carmen, nuestra entrevistadora, en doce llamadas de teléfono: empieza por la casa, sigue el mapa de los doce capítulos, te pide el día concreto y no el balance, apunta cada nombre y nunca tiene prisa. Es virtual, creada con inteligencia artificial, y te lo dice ella en el primer minuto. Tú solo descuelgas, a la hora que elijas, y al final recibes un libro de 120 a 200 páginas con tu voz, tu árbol familiar y tus audios. 247€ una vez, y si no hay libro, no lo pagas. Así funciona, para ti.
Doce llamadas · Si no hay libro, no lo pagas