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Preguntas y entrevistas

Cómo entrevistar a tus abuelos sin que parezca un interrogatorio

No hace falta ser periodista. Hace falta una tarde, una silla al lado de la suya y saber callarse a tiempo. Todo lo demás está aquí.

EPor El equipo de La llamada de su vida · 22 de septiembre de 2026

Cómo entrevistar a tus abuelos sin que parezca un interrogatorio

Para entrevistar a tus abuelos sin que parezca un interrogatorio necesitas cuatro cosas: un momento en que estén despejados, un sitio suyo y sin cámara, media hora y un solo capítulo de su vida por conversación, y una regla que cuesta más de lo que parece: hacer una pregunta y callarse. Esta guía explica las cuatro, qué hacer si se emocionan y cómo terminar.

El momento: cuándo sí y cuándo no

La comida familiar del domingo es el peor sitio del mundo para preguntarle a tu abuela por su vida. Hay ocho conversaciones, la tele, los niños, y ella hace de anfitriona. Lo que cuenta ahí es la versión corta, la que ya os sabéis.

Busca una tarde entre semana, cuando no espera a nadie. A la hora en que esté más despejada: muchos mayores están mejor a media mañana o a media tarde, después del descanso. Nunca justo después de comer, y nunca con prisa por tu parte, porque la prisa se nota y se contagia.

Avisa antes. No hace falta un discurso: «El jueves voy a ir a verte y quiero que me cuentes cómo era la escuela en tu pueblo». Le das dos días para que le vengan recuerdos, y cuando llegues ya tendrá algo preparado. Y llámalo por su nombre: no es «una entrevista», es «que me cuentes lo de…».

El sitio: su casa, su silla, sin cámara

En su casa, no en la tuya. En su sillón de siempre, con su luz y sus cosas a la vista: el aparador, las fotos, la ventana. Los objetos tiran de los recuerdos. Si en la pared hay una foto de la boda, la boda saldrá sola.

Sin cámara. Una cámara delante convierte una conversación en una actuación: se ponen derechos, miran al objetivo, hablan como en una entrevista de televisión. Si quieres conservar su voz (y merece la pena), el móvil boca abajo sobre la mesa, grabando solo audio, y no se vuelve a mirar. En cómo grabar a tus padres contando su vida está el detalle.

Y sin público. Tú, o como mucho tú y un primo que sepa callarse. Con los hijos delante, una abuela cuenta la versión de abuela. A solas, cuenta la de la chica que fue. Es la misma razón por la que hay cosas que una persona mayor le cuenta más fácil a alguien de fuera que a su propia familia.

Media hora y un solo capítulo

No intentes la vida entera en una tarde. Ni en tres. Una vida bien contada tiene doce capítulos (de dónde viene, la infancia, la escuela, la juventud, el amor, el trabajo, la boda, los hijos, su época, lo que le gustaba hacer, las pérdidas, los nietos y el presente) y cada uno da para una conversación de media hora larga.

Elige uno antes de llegar. Media hora es un buen tope: a partir de ahí se cansan, y tú también, y las respuestas se acortan. Termina antes de que se agote, aunque esté en lo mejor: «Lo dejamos aquí y el jueves que viene seguimos con la boda». Se queda con ganas, y la próxima vez no hay que empujar.

Doce capítulos a una tarde por semana son tres meses. Parece mucho. Es lo que tarda en salir una vida entera contada bien.

Una pregunta, y callarse

Es la regla más difícil y la que más cambia el resultado.

Haz una sola pregunta. Concreta: no «¿cómo era el pueblo?», sino «¿qué se veía desde la puerta de tu casa?». Y después, silencio. Cuenta hasta cinco por dentro. Lo que a ti te parece un silencio incómodo es el tiempo que ella necesita para ir a buscar el recuerdo. Si lo rellenas con otra pregunta, o le completas la frase, o le sugieres la respuesta, se lo quitas.

Cuando termine, no cambies de tema. «¿Y luego?» «¿Y quién más estaba?» «¿Y eso cómo acabó?» Las repreguntas valen más que las preguntas: son la señal de que estás escuchando de verdad, y son las que sacan la parte que nadie ha oído.

No corrijas. Si dice 1958 y tú sabes que fue 1959, da igual. Si confunde un nombre, da igual. Cada corrección es un pequeño examen suspendido, y a la tercera se calla.

Y pide la escena, nunca el resumen. «¿Cómo fue tu infancia?» devuelve un «bien». «¿Qué se cocinaba en tu casa el día de la matanza?» devuelve una mañana entera, con frío, con gente y con nombres.

Los nombres son el mapa

Cada vez que en una historia aparezca alguien (una vecina, un maestro, el tío que se fue a Francia), pregunta cómo se llamaba y qué fue de él. Apúntalo en una libreta pequeña, con dos palabras al lado: «Ramona, la del horno». No la interrumpas para escribir; hazlo al final, mientras recoge la mesa.

Al cabo de cuatro conversaciones tendrás treinta o cuarenta nombres, con su relación y una historia colgando de cada uno. Eso es un árbol familiar de verdad, no una lista de fechas. Cómo ordenarlo lo contamos en cómo hacer un árbol genealógico con lo que cuentan tus padres. Y fíjate en los que no son familia: el vecino que comía en casa cada domingo, la señora que la enseñó a coser. Son de la familia aunque no lleven el apellido.

Si se emociona

Va a pasar, y no es un fallo tuyo ni un motivo para parar. Lo peor que puedes hacer es cambiar de tema de golpe, como si hubieras roto algo. Lo mejor: callarte, acercarte, y dejar que pase. Un pañuelo a mano y ninguna prisa.

Cuando vuelva, pregúntale si quiere seguir o lo deja para otro día. Las dos respuestas son buenas. Y si el tema era una pérdida (un padre, un hermano, un hijo), recuerda la regla de ese capítulo: se ofrece una vez y se respeta el no. Nunca se insiste. Si entra, no mires el reloj.

Muchas veces la emoción no viene de algo triste, sino de algo que nadie le había preguntado en cincuenta años. Eso también es motivo para seguir.

Cómo terminar

Nunca en seco. Tres cosas, en este orden:

  1. Una última pregunta abierta: «¿Hay algo que no te he preguntado y que te habría gustado contar?». Casi siempre hay algo, y suele ser bueno.
  2. Devuélvele algo: dile una cosa concreta que has aprendido hoy y no sabías. «No sabía que tu madre cosía para toda la calle.» Es la forma de que sepa que la has escuchado, y de que tenga ganas de la próxima.
  3. Fija la siguiente: «El jueves que viene, a esta hora, y me cuentas lo de la mili del abuelo». Con día y hora. Un «ya te diré» se convierte en nunca.

Seis preguntas para empezar con un abuelo o una abuela

Si no sabes por dónde entrar, cualquiera de estas abre una conversación de media hora:

  1. ¿Cuántos erais en casa, y quién dormía dónde?
  2. ¿Cómo se llamaba tu maestro, y qué es lo primero que te viene cuando piensas en él?
  3. ¿Qué se hacía en tu pueblo el día de la fiesta, desde por la mañana?
  4. ¿Cuál fue el primer trabajo por el que te pagaron, y cuánto?
  5. ¿Cómo era el sitio donde conociste al abuelo (o a la abuela), y quién más había?
  6. ¿Qué cosa de tu casa de entonces te gustaría que tuvieran tus nietos?

Tienes muchas más en las cincuenta preguntas para tu madre y las cincuenta para tu padre, que valen igual para un abuelo o una abuela.

Lo que lo convierte en un interrogatorio

Para que se vea el contraste, lo que no hay que hacer:

¿Cuánto tiene que durar cada conversación?

Media hora, o algo más si está a gusto. Es mejor cortar con ganas de seguir que agotarla. Si un día la historia va sola y os dan las dos horas, también está bien: el tope es para no cansarla, no para cortarla.

¿Qué hago si dice que no tiene nada que contar?

No le pidas que cuente su vida. Pídele un dato: cómo se llamaba la calle, cuántos erais en clase, qué se comía el día de la fiesta. Nadie cree que un dato sea «contar su vida», y detrás de cada dato hay una historia entera.

¿Y si oye mal?

Siéntate a su lado, no enfrente, en un sitio pequeño y sin ruido de fondo: la cocina mejor que el salón, y la tele apagada. Frases cortas, sin gritar. Y ten paciencia con las repeticiones: repetir una pregunta con otras palabras no es un fallo, es parte de la conversación.

¿Vale esto también para mis padres?

Todo, tal cual. Cambia el capítulo por el que entran (un padre suele arrancar por el trabajo o la mili; una madre, por la casa o la escuela), pero el momento, el sitio, la media hora y el silencio son los mismos.

Si prefieres que lo haga Carmen

Con esta guía y un jueves a la semana puedes hacerlo tú, y merece la pena intentarlo. Lo que pasa muchas veces es que el jueves se cruza con la vida: un mes bueno, dos flojos, y la conversación de la boda se queda para «cuando pueda».

Para eso montamos La llamada de su vida: Carmen, nuestra entrevistadora (es virtual, creada con inteligencia artificial, y se lo decimos siempre, a tu abuela en el primer minuto de la primera llamada), la llama por teléfono doce veces, a la hora que ella elige, sin cámara y sin nadie delante. Habla claro y despacio, repite si se lo piden y nunca tiene prisa. De esas conversaciones escribimos un libro de 120 a 200 páginas con su propia voz, su árbol familiar y la cronología de su vida. Ella solo descuelga el teléfono de siempre, aunque sea un fijo en el pueblo. Si no hay libro, no lo pagas. Cómo sería para ella lo contamos en la página para tu abuela (y en la de tu abuelo).

Descargar las 12 preguntas en PDF

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